Capítulo 10

Cuando Gabriela nació, se colgó en el pecho en menos de cuarenta minutos. Sentí orgullo al oír a la matrona anotar en el registro lo rápido que la bebé había logrado mamar. Pero, al segundo día, todo se fue a las pailas. Algo pasaba que la niña no podía alimentarse. Nos dimos cuenta, porque estaba tiritona e irritable. Una hipoglucemia confirmó la baja de azúcar. Sentí tristeza al pensar que mi hija estaba pasando hambre. 

No dudé un segundo cuando en la clínica nos hicieron firmar con Luis para que la bebé se recuperase con 20 mg de leche artificial. Aunque, ahora que lo pienso, tampoco me dieron la posibilidad de extraer calostro de mis pechos. Lo cierto es que yo había planeado hacer una lactancia mixta, dado los avatares peligrosos que produce el cansancio en mi estabilidad anímica.

Nada resultó como lo había pensado y marzo se transformó en un mes complejo con respecto a la alimentación de mi bebita. Elegir si dar el pecho o no, o solo el biberón —o ambas cosas— se tornó agobiante. Después de la clínica, ya en casa, seguía con un cansancio terrible. Sin embargo, mi cuerpo buscaba refugiar a mi cría y trabaja instintivamente por ella.

Estaba feliz de tener a la niña conmigo. El corazón se colmaba de amor, pero el cuerpo y la mente transitaban de forma diseccionada y torpe. Sentía que era una madre insuficiente para esa criatura que estaba presentando problemas con la lactancia materna. Esto me angustiaba de sobremanera. Y en la cabeza se repetía una frase que había pronunciado la matrona cuando nos visitó al segundo día en la clínica: “A esta mujer hay que cuidarla mucho; no se nos puede cansar”.

Al cuarto día, una europea que habla español con un tono y modismos chilenos a la perfección, vino para ayudarme con una asesoría de lactancia. Claire (nombre ficticio en este texto) fue recomendada por la misma matrona de la clínica. Antes de contactarla, miré su Instagram donde se presenta como una matrona que canta, que prepara para el parto y la crianza. De hecho, se la puede ver en videos cortos coreando con su guitarra u otros instrumentos para hablar sobre maternidad y puerperio. 

—Una bebita de cuatro días tiene prioridad, así que me haré el tiempo pa´ ir mañana mismo— dijo Claire cuando le hablé por Whatsapp contándole los problemas de acople que presentaba Gabriela. Al día siguiente, aún con el calor de marzo en Santiago, una histriónica y sencilla europea llegó en bicicleta hasta mi hogar. 

Desde la habitación, oí a mi suegra —que me cuidó cariñosamente durante los primeros días— abrir la puerta y, de inmediato, el tono agringado de la matrona cantora se fue acercando suave por el pasillo hasta encontrarse con mi cuerpo sentado en la cama. Aquel cuarto día de postparto, levanté el rostro y le sonreí,  pese al estado deprimido  —y que trataba de ocultar a mi círculo— en el que me encontraba.

Claire saludó con sutileza y calidez sin ser invasiva. Preguntó dónde estaba el baño para ponerme unas compresas frías en los pechos congestionados con los que me había despertado durante la madrugada, en la que me había prohibido recaer en la tristeza bipolar.

Sentada en un piso frente al generoso espejo, vi cómo las manos huesudas y blancas de la europea abrían la llave del lavamanos. Mientras el agua corría  —y yo pensaba en que estábamos desperdiciando el recurso— la asesora de lactancia empezó a hablar con voz melodiosa sobre el “baby blues”, un estado melancólico que suelen experimentar las mujeres tras los primeros días de postparto.

Claire me explicó que los niveles de hormonas, como el estrógeno y la progesterona que se mantenían altos en el embarazo, disminuían drásticamente tras el alumbramiento, lo que afecta el ánimo ya interferido por el cansancio extremo y el estrés de cuidar a un recién nacido.

—Ahora está la prolactina que sí, es cierto, es mágica porque permite que salga la leche para nuestra cría, pero también nos pone sensibles. Convertirse en mamá es una transformación muy grande.

Cuando oí la palabra “transformación” no pude evitar que los ojos se humedecieran y cayeran esas lágrimas que tanto había retenido durante la madrugada en que el cuerpo me había pedido aceptar el cambio; aceptar la nueva biología de puérpera.

—Llorar ayuda mucho —aseguró la asesora con su tono cauteloso—. Permite que las nuevas madres fluyamos con la biología y abramos paso a esas gotas de leche comprimidas en nuestros senos. 

Mientras lloraba, Claire seguía con su discurso y cada palabra resonaba dentro de mi pecho, entre medio de mis senos acongojados, endurecidos por la leche que la bebé no lograba sacar. Recuerdo que dijo que la maternidad era hermosa, pero que también estaba llena de sombras. “Aflora nuestra infancia, nuestra adolescencia. Cuando tienes un bebé, ya no hay pasado ni futuro. Solo este presente”.

A esta altura, la matrona cantora había logrado desarmar mi coraza. Vi en el reflejo del espejo cómo los ojos se me cerraban para dar definitivamente paso al llanto. En ese momento, Claire miró con preocupación.

—El problema —le dije con la respiración entrecortada a la asesora de lactancia— va más allá de un baby blues. 

La matrona cantora cambió su semblante tranquilo a uno inquieto, y levantó las cejas pidiéndome que le contara más. Tomé aire y le expliqué que hace diez años convivo con el trastorno bipolar, que para embarazarme retiré los medicamentos con supervisión del psiquiatra. Si bien me había sentido estable y contenta en el embarazo, después del parto las cosas cambiaron teniendo que atender con rapidez las exigencias de la crianza.

—Y me da terror caer en una depresión ¿Quién va a cuidar a mi hija si pasa eso? Y si tengo que tomar medicación ¿cómo haré para no estar tan adormecida?— le dije a Claire con el llanto ya desatado. 

En ese momento, la matrona cantora salió del baño y fue hasta el living para traer a Luis.

—Nicole dice que tiene miedo de enfermar con su bipolaridad ¿tú sabías eso?

Luis se acomodó detrás del piso en el que estaba sentada para acariciarme el cabello. Le respondió a la matrona cantora que él estaba al tanto de mi cuadro de salud mental, diagnosticado hace diez años, el mismo tiempo que llevamos juntos. Con su ternura habitual para darme contención, habló sobre mi fuerza de voluntad para salir adelante en cada depresión y de la capacidad que él había desarrollado para captar cuando mi ánimo está en el borde, ya sea porque hay señales de exaltación o porque me estoy deprimiendo.

—Estos primeros días de postparto han sido intensos y cansadores. El estrés le hace mal a la Nicole. Además la lactancia no está resultando con los problemas de succión que tiene la bebita. En su segundo día de nacimiento, nos dimos cuenta de que no sacaba suficiente leche del pecho, porque presentó una baja de azúcar y tuvieron que alimentarla con fórmula — resumió Luis sin dejar de hacerme cariño y al mismo tiempo, intuyo, rogando por dentro que yo no me derrumbara ahora que teníamos a la niña.

Aquel cuarto día de postparto, de baby blues, la matrona cantora asintió con escucha empática. Retiró los paños fríos de mis pechos y nos invitó a pasar a la habitación para acostarme en la cama con el fin de hacer piel con piel con la bebé, a modo de promover la toma de leche y observar su acople.

Al ser colocada sobre mi torso, únicamente con su pañal, mi bebita —que había rechazado el pecho en las últimas horas provocando que la leche se acumulara en los senos— buscó instintivamente el pezón. Movió la cabeza algo agitada, lloró un poco, hasta que logró acoplar. Recuerdo que todos nos miramos y sonreímos. Pero, la felicidad duró menos de cinco minutos cuando Gabriela soltó la teta, se mostró agotada y volvió a llorar.

La asesora de lactancia aprovechó el llanto de la bebé para observar el movimiento de su lengua. Vi cómo su cara adquirió una expresión pensativa, del tipo cómo le voy a decir a estos padres primerizos, con una madre al borde de la depresión bipolar, esta noticia que tengo que dar. 

Después de darse unas vueltas, hacernos sacar nuestras lenguas y tocar el propio paladar, nos explicó que la lengua de la bebé estaba anclada y, por eso, tenía poco movimiento.

—Sospecho que la bebé tiene anquiloglosia. Es decir, frenillo lingual corto, un defecto en la anatomía de la boca que le impide realizar movimientos efectivos de succión ¿Se fijan que cuando llora su lengua hace como un efecto cucharita?

Claire aclaró que ella no era especialista en este tema, pero en sus veinte años de experiencia como asesora de embarazo, lactancia y crianza creía reconocer un caso como este.

—Mientras antes la operen, mejor— dijo ya sin rodeos la matrona.cantora— Además, esto después afecta la alimentación sólida y la pronunciación de palabras.

No supe cómo recibir la noticia. Si bien no era nada grave, significaba que la bebita tendría que pasar por una intervención. Nosotros, que ni siquiera le habíamos puesto aros para evitarle un dolor innecesario, ahora teníamos que ver la opción de que le hicieran un corte debajo de su pequeña lengua. Por otro lado, tenía las tetas cargadas de leche, lo que me hacía sentir extraña y angustiada.

Para aliviar la atmósfera de tristeza que quedó en la habitación, Claire nos animó a recordar sus tres máximas musicales para estos casos, independiente de quiénes fueran los intérpretes. Nos pidió entonar letras de canciones conocidas que nos ayudarían a ponernos en el presente, a entender que esta nueva realidad requiere pausas, más aún cuando las cosas se ponen difíciles.

La lista partía por Despacito, de Luis Fonsi, luego Sobreviviendo de Víctor Manuel y, por último, el verso No me pidas más de lo que puedo dar, del cantante conservador Alberto Plaza. No niego que, de inmediato, la pedagogía musical de Claire quedó en mi cabeza. 

Por último, la matrona cantora aseguró que debíamos conseguir con urgencia un extractor eléctrico de leche doble, ya que mis pechos estaban demasiado congestionados y no podía correr el riesgo de hacer una mastitis.  Para el seno derecho indicó una copa talla 21, y para el izquierdo que había aumentado en gran cantidad su tamaño, una talla 24. 

—Que la familia haga una vaquita, porque Nicole no puede quedarse así.

Miré a Luis y noté en su rostro el nerviosismo y cansancio que lo caracteriza cuando ve que el camino pierde la estructura que su cabeza había diseñado para dar solución a un problema. Para él, el postparto también estaba siendo difícil. Ese cuarto día, mi suegra que nos había apoyado con las labores de la casa y la bebé, ahora debía irse a su trabajo. Con el tiempo, Luis me comentaría que ver a su madre salir por la puerta en un momento complejo lo retrajo a su infancia, haciéndolo sentir un niño que necesitaba esa contención materna.

Pero no podíamos perder tiempo. Luego de la visita de la asesora, Luis salió de casa y regresó con un extractor de leche por el que tuvo que pagar 300 mil pesos. Cuando regresó, vi entrar a mi hermana Karen. Luis la había llamado ante mi decaimiento.

Karen, que tiene dos niños, había sido de gran ayuda para mi preparación al parto. Su presencia trajo ternura y practicidad para calmar a esta puérpera conmocionada, a punto de entrar en episodio bipolar. Mi hermana puso a hervir las numerosas piezas del extractor de leche, que para nosotros era un rompecabezas, y las armó para colocarlas en mis senos endurecidos. Al ver que la leche salía, sentí un alivio inesperado. Recuerdo que pensé: este es el alimento para mi hija, no lo quiero perder.

Aquel día de baby blues todavía nos quedaba llevar a Gabriela a su control de recién nacida.

—¿Quieren que vaya con ustedes al pediatra? Así no tienes que manejar— le dijo Karen a Luis tras notar su nerviosismo y agotamiento.

—Gracias, respondió Luis, que ya tenía las manos sudorosas.

Después de que extrajimos la leche de mis tetas, la trabajólica Karen hizo una llamada para avisar que se tomaría unas horas libres.  Así, mi hermana y mi suegra se transformaron en las primeras mujeres de la red de apoyo que se empezó a conformar para darle soporte a mi postparto. Gracias a eso, y con mi Gabriela en los brazos, la calma retornaba poco a poco a mi organismo. Necesitaba estar bien para contener a Gabi en lo que vendría. También, iba a necesitar entender mi propia historia con mamá.

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