Capítulo 11

—Tienes los pechos llenos de leche ¿para qué darle relleno a tu bebé?

Fue la pregunta de mi madre cuando vino a casa para ver en persona los problemas de lactancia que estaba presentando su nieta. Tras la visita de la asesora, yo había seguido el consejo de no obligar a mi hija a acoplar el pezón. Además, estos debían descansar de las grietas que la succión defectuosa de la bebé había provocado.

La idea era extraerse leche y darla en biberón. Sin embargo, la producción de mis pechos aún no era suficiente y necesitaba de la fórmula para que Gabi ganase peso. Mi madre, instalada en mi habitación, hacía saber su total desacuerdo con las indicaciones de la matrona-cantora.

Con seis embarazos en el cuerpo y cinco hijas criadas, mi madre se me hacía una especie de guardiana, una vigilante estricta de la lactancia materna exclusiva. Para ella, era común que las guaguas tuvieran problemas de agarre al principio. Era cosa de acostumbrarse —y también “un sacrificio que hacemos las madres, porque es verdad que duele”— me aseguraba mientras yo estaba recostada en la cama con la bebé.

Con una facilidad que no se me daba en esos primeros días, de repente alzó a Gabi para tomarla con cuidado entre sus brazos, y le dijo:

—Usted no debe morder los pezones de su mamá ¿me oyó? Y tiene que tomar de esta leche. No de esa artificial—señaló apuntando al biberón—, porque viene el invierno y hay que estar protegida con los nutrientes que da la leche materna. 

Después de esa conversación unilateral, mi madre bajó a la bebé hasta la cama para acomodarla en mi seno derecho.

—Vamos, inténtalo— dijo.

—¿No te das cuenta cómo cierra su boca y llora cada vez que la acerco a la teta?— le respondí molesta, mostrándole mis grietas.

—Es porque la acostumbraste a la mamadera— aseguró ella.

No volví a responder. No quería discutir con mi madre ni que me importase su opinión. La presión para que yo amamantara a Gabriela, me angustiaba todavía más. Tampoco iba a intentar convencerla a ella y a otros de que la decisión de cómo alimentar a mi hija era algo personal. Por lo demás, pensé decir—a modo de empate— que a mí me había dado el pecho solo hasta los 6 meses, a diferencia del resto de mis hermanas a quienes dio la teta por más tiempo. 

Para frenar los pensamientos fatalistas y el ánimo decaído por los problemas de lactancia, recordé lo aprendido en el libro Somos la leche de Alba Padró que leí durante el embarazo. Ahí se explica que la lactancia no debe doler, y que amamantar no es algo instintivo, pues como cultura hemos dejado de criar en tribu, y muy pocas veces tenemos la ocasión de crecer con mujeres que dan teta en la familia. 

Repetía esta información en mi cabeza como un mantra para calmar la frustración ante el fracaso en el que se estaba convirtiendo dar leche. Por otro lado, me hacía pensar que si esto de amamantar era una cuestión de aprendizaje, todavía quedaba tiempo para intentarlo, porque yo sí quería que mi hija tomase de mi leche.

El problema era que me estresaba más el llanto de Gabi cuando la ponía en el pecho. Dar teta así, me producía rechazo. No hacia la bebé, sino hacia el acto físico de amamantar. Por eso, había pensado practicar lactancia diferida extrayendo lo más que pudiera con la máquina.

—Tus pechos producen leche, Nicole, y tienes que usarla. Hija ¡Piensa que hay mujeres que no tienen!— exclamó mi madre sacándome de mis pensamientos.

Antes de salir por la puerta, hizo una pausa para contar algo que desconocía: 

—¿Sabes hija? Yo sufrí mucho dándote el pecho a ti. Eso no me pasó con tus hermanas. Me destrozaste los pezones, me sangraban y hasta quedaron colgando. Además, hija, yo estaba muy nerviosa en esa época. No tuve un buen embarazo. Quizás ahora la bebita no quiere el pecho, porque tú estás intranquila. Quién sabe, quizá la historia se repite— dijo con un tono triste.

Si bien sabía que mi madre me dio el pecho solo hasta los 6 meses —porque se embarazó de Karen cuando yo tenía cuatro —, con esa confesión me enteraba de que los primeros meses de vida junto a ella habían estado marcados por el dolor del mal agarre al pezón. Pero, eso no era lo único que la tenía “nerviosa”.

Ella me había hablado sobre la tristeza que padeció mientras estaba embarazada de mí, preocupada por los desaciertos que vivía su hermano mayor, quien se suicidaría cinco años después de mi nacimiento. Entonces, se cruzó por mi cabeza una idea que me había visitado durante los primeros años de bipolaridad cuando buscaba explicaciones. 

Ahora, recién parida y removida por el puerperio, me preguntaba qué tan probable era que esa tristeza de mi madre por su hermano mayor durante    la gestación, hubiese permeado las primeras células que desarrollaron mi cerebro y organismo.

La epigenética estudia cómo los factores ambientales, sean experiencias o estilos de vida, pueden alterar la expresión de los genes que se desarrollan en un feto. Quizá ese vínculo doloroso de mi madre con su hermano se había infiltrado desde los inicios en mi inconsciente. Tal vez, eso explicaba la extraña hipnosis de 2014, donde la presencia de mi tío apareció asegurándome que vivir era una decepción.

La verdad es que durante las depresiones me había llegado a identificar tanto con la historia de su suicidio, que hasta había pensado incluir un relato de él en este libro. Sin embargo, este tiempo de escritura coincidió con mi embarazo, y cada vez que intentaba relatar algo acerca de él volvía a conectar con esa tristeza profunda de la bipolaridad. Para conservar la alegría, decidí no abrir esa herida.

Entonces, pensé que Claire, la matrona-cantora, tenía razón: el pasado debía quedar atrás. Pese a las memorias femeninas que se transmiten en el útero, la historia con mi bebé no tenía que ser la misma que la de mi madre conmigo. Yo había gestado con una felicidad y un disfrute único el embarazo. 

Si la lactancia materna no resultaba, si yo estaba sufriendo con el pecho y Gabi también, entonces había que encontrar una solución que nos dejase tranquilas, fuera con lactancia diferida o artificial. Ya no quería ahondar en más dolores, necesitaba alejar todos esos sentires empantanados entre el sufrimiento inexplicable y la desesperanza de la depresión. 

Mi bebita se merecía que mantuviera en alto la bandera de la alegría. Si eso significaba volver a medicarme, así iba a tener que ser nomás.

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