Capítulo 1
Marzo de 2025
A la tercera noche del nacimiento de Gabriela, comencé a sentir esa extrañeza fatal que me nubla el ánimo. Desperté a mitad de la madrugada aturdida entre pesadillas con animales salvajes. Todavía tendida en la cama, traté de meditar para encontrar calma. Me pregunté si acaso estaba en la puerta de la fase bipolar depresiva.
En medio de mis respiraciones para encontrar calma, el corazón pidió que aceptara la biología de puérpera. Dijo que hiciera mía aquella contradicción novedosa que me arrastraba a amar y proteger a la hija que recién hace unas noches había parido. Pero, a la vez que amaba con felicidad pura, experimentaba un temor grande que me hacía sentir perdida. Perdida e incapaz de reconocerme en mi propio cuerpo.
Salí de la cama semidesnuda, agobiada también por el calor que aún calentaba las noches de marzo en Santiago. Con la cara llena de lágrimas, caminé hasta el living para despabilar.
Iba a paso lento y sosteniendo con las manos mis senos enormes. Estaban duros. Parecía como si ya no estuvieran cubiertos por piel, sino por una capa de roca. La leche materna había subido. Recordé los sostenes de lactancia que mi madre compró para alentarme a amamantar. Prefería la desnudez.
Así, deambulé llorosa por la casa, mientras Luis, la bebé y mi suegra dormían. Deambulé sin pudores. Solo tenía puesto los calzones clínicos que cubrían mi vientre aún abultado . Deambulé con los pechos al aire, erigiéndose como si fueran dos volcanes suntuosos, pero tristes.
Me pregunté por qué todos los cambios tenían que ocurrir tan rápido después del parto. Yo, que me había acostumbrado al ritmo progresivo del embarazo que viví mayormente contenta, pese a las fluctuaciones anímicas propias del diagnóstico que tengo hace diez años.
Ahora ,experimentaba una reticencia a transformarme en una mujer-madre con olor a sangre y alimento.
Sentada en el living, a la altura del piso 21 en el que vivo, miré por el ventanal y las luces de los otros edificios se mezclaron en mis ojos vidriosos.
Me paralizó esa ráfaga de angustia, tan propia de mis depresiones bipolares, que hiela el cuerpo y desespera con sus pensamientos intrusivos en la cabeza.
Aparecieron los fantasmas con los que he lidiado por una década. Los episodios depresivos y el miedo a la muerte. No solo a la muerte física, sino a la aniquilación de la alegría y la desconexión con la vida. Pensé en todo lo que superé para gestar un embarazo en paz. No podía perder el terreno ganado.
Recordé la noche del parto: las trenzas despeinadas, semiacostada en la cama con las piernas abiertas posadas sobre un arco, el enojo por haber pedido anestesia con 7 centímetros de dilatación, y perder contacto con las contracciones de mi cuerpo, mis manos tirando de dos lazos de tela para así pujar más fuerte. Pero, sobre todo, recuerdo ese miedo a la muerte, a que algo me arrebatara la vida, la fuerza, la alegría ¿Están bien los latidos de la bebé?, era la pregunta que hacía una y otra vez a la matrona.
Y sus palabras de vuelta, cuando yo estaba a punto de pedir una cesárea: Enfócate, Nicole. Los latidos están bien. Piensa en todo lo que has hecho para llegar hasta aquí; tuviste que dejar los medicamentos ¡Mira todo lo que has logrado! Tu hija ya está aquí ¡Se ve su cabellera! Dile, Luis.
Después de alentarme con esas palabras, la matrona pidió permiso para sacar una foto a mi vagina y así demostrar que Gabi estaba llegando. Sabía que con ese gesto, ella quería transmitir confianza para que yo lograse pujar mejor y expulsar a la bebé.
Sin embargo, en ese momento, en el que estaba tan frustrada, agotada y temerosa, lo que necesitaba no eran palabras. Necesitaba una caricia contenedora para contactar con el poder femenino.
Quería que la matrona dejase de ser una funcionaria para convertirse en esa mujer que agarra fuerte de tu mano para animarte a seguir, a recordarte que las mujeres somos valientes y tremendas. Vamos mija que todo está bien, estamos juntas en esto, la niña ya llega. Eso quería que me lo contara una mujer. No un hombre. No Luis ni el ginecólogo, que eran los otros dos presentes.
Sin embargo, yo misma me había encargado de colocar una distancia consciente con la matrona, luego del primer encuentro tenso que tuvimos en su consulta durante la semana 25 de embarazo.
Cuando le conté que tenía trastorno bipolar, de inmediato entornó sus ojos y no pudo evitar un trato estigmatizante (al menos, así lo sentí) al señalar que “hemos tenido mamás con bipolaridad que rechazan a sus guaguas, porque se descompensan con el parto”. Tras eso, preguntó si acaso estaba medicada.
Le dije con un tono tranquilo y firme que Gabriela era una bebé planificada, por lo tanto muy deseada, recalqué. Para embarazarme, había decidido suspender el tratamiento con litio, con la debida orientación del psiquiatra. Agregué que tenía absoluta claridad sobre el cuadro de salud mental que me acompaña hace diez años.
—No tienes una bola de cristal para asegurar que voy a rechazar a mi hija. Más aún cuando la deseo— dije para cerrar la conversación, pues en ese momento pensé que si seguía sintiendo discriminación, simplemente me retiraría de la consulta.
Aquella vez, se produjo un silencio breve que Luis rompió para asegurar que somos una pareja que, frente al trastorno bipolar, ha seguido adelante con amor y comunicación. Creo que también dijo algo con respecto a mi fuerza de voluntad y responsabilidad con el tratamiento.
Ahí, la matrona bajó la guardia, como si acaso requiriese de esa credencial masculina, y no le bastara con mi presencia y palabra para explicar la relación que llevo con la enfermedad.
Así, adoptó un tono más amable y admitió que efectivamente ella no tenía una bola de cristal, pero que era necesario contar con un plan de medicación firmado por mi psiquiatra ante cualquier eventualidad.
Por supuesto, eso yo lo tenía previsto. Con tantos años buscando información sobre bipolaridad, conocía ya las estadísticas “peligrosas” para gestantes con este cuadro. Efectivamente, el parto puede desencadenar una recaída en cerca del 37% de las mujeres con esta condición, según el Royal Australian College of General Practitioner. El pronóstico empeora en mujeres que no están medicadas; en tales casos, la tasa de recaída puede aumentar al 66%.
“He indicado a Nicole que me mantenga informado respecto al parto. Se recomienda intentar, en lo posible, cuidar el sueño, idealmente lactancia mixta por esa razón”, escribió mi psiquiatra en el informe que la matrona pidió incluir en la carpeta de ingreso para el día del parto.
Sentada semidesnuda en el sillón de la casa, después de haber pasado todo esto, sopesaba si acaso iba a ser posible mantenerse sin el litio. Pensaba en cómo iba a sobrellevar el estrés de la crianza. Sólo sabía una cosa. Con lágrimas en los ojos, aturdida por el puerperio y el miedo a ver quebrada mi salud mental, repetí en la cabeza: Prohibido llorar. Prohibido recaer en el hoyo negro de la depresión. Prohibido volver atrás. Ahora tienes una hija que cuidar.

2 respuestas
Un relato súper interesante, sobre todo, la forma genuina y sincera de la autora. Historia bellísima que muestra como el amor de madre lo puede todo. Felicitaciones por acercarnos a poder entender mejor a nuestros seres queridos.
Soy una madre con trastorno bipolar. Al momento de mi parto no estaba diagnosticada y se me hizo muy difícil la maternidad los primeros años, pero luego con diagnóstico y medicación no he tenido problemas, incluso creo que al tener esta condición soy mucho más consciente de mis actos, mis palabras que el resto de las mamás