Capítulo 17

Han transcurrido tres meses desde la defensa de mi tesis de grado, y mi hija está próxima a cumplir un año. Recién ahora puedo sentarme a escribir este último capítulo. Durante la defensa, en noviembre pasado, el cuerpo académico sugirió indicaciones para mejorar el final. Fueron comentarios acertados, pues sabía que al manuscrito le faltaba decantar, necesitaba un cierre más profundo, capaz de consolidar toda la crónica.

Seré honesta: por falta de tiempo y agotamiento, ha sido imposible cumplir con todas las expectativas narrativas. La crianza no me deja siquiera un espacio para pensar y escribir con holgura. Aun así, haber lanzado el sitio web con mi primer libro ya es un logro que llevo con orgullo caluroso.

Ese día de mi defensa, el 18 de noviembre de 2025, sentada en una sala de la Universidad Alberto Hurtado junto a Luis y Gabriela, los profesores me preguntaron cuál era el «público objetivo» de mi texto. Aunque la respuesta era evidente para mí, me quedé pensando en lo desconectada que estuve de esas personas desde que gesté a Gabriela.

Esta desconexión coincidió con la etapa más difícil del proceso. Como he narrado a lo largo de esta crónica, durante el embarazo comencé a tener sentimientos negativos con la escritura. En marzo, con el nacimiento de mi hija, me sentí al borde de la depresión y quise alejarme de todo lo que pudiera “llamar” al trastorno bipolar. Intentando encontrar calma, decidí cerrar el blog de Instagram @sentirbipolar, donde había escrito durante ocho años.

Mientras mi salud mental se recuperaba, el plazo extra del magíster se vencía en abril de 2025, y la escritura sobre el tema no fluía. Seguía provocándome angustia el tema. Conversé con mis profesores guías, quienes me animaron a no desechar dos años de investigación. La universidad me concedió una nueva prórroga hasta el 31 de octubre de 2025.

Sin embargo, no me gustaba el texto avanzado. No quería solo obtener un cartón académico, sino que este libro sobre salud mental reflejara la mirada profunda que tengo tras convivir diez años con el trastorno bipolar.

Cuando Gabriela cumplió 5 meses, retomé el trabajo. Al vivir el día y la noche con ella, supe cuál era el hilo conductor para hablar de un cuadro psiquiátrico que, posiblemente, solo atrae a quienes lo vivimos o estudiamos. Gracias a la ayuda de mi madre y mi suegra, que cuidaron a Gabriela, encontré el tiempo para la nueva propuesta narrativa.

Así, pude plasmar cómo el trastorno bipolar formó parte de mi embarazo y posparto. Al terminar el grueso del libro, entendí que la crónica no tenía sentido si no volvía al origen motor de su creación.

A principios de noviembre, tres semanas antes de defender el grado, reabrí el blog. El cariño de las lectoras, donde el 90% son mujeres, fue inmenso. Me alegró saber que algunas habían sido madres, o estaban gestando, y habían superado temores e incluso desoído consejos psiquiátricos que sugerían no tener hijos por padecer este cuadro crónico.

Que esto sea crónico, no significa que no podamos convertirnos en madres. El trastorno bipolar, si bien es un espectro diverso, es una condición que se aprende a cuidar. Se puede tener una mejor vida, y eso no depende solo de una persona.

Después de diez años, gracias a la medicación y la terapia, me siento en mi centro, viva y enraizada. Y eso, también se siente como volver a mi origen. Uno que ahora está oxigenado. Parece extraño, pero es como si algo se hubiese limpiado en mi carta de vida tras haber logrado salir del ahogo en el que me tenían mis pantanos.

Es cierto que «no estoy completamente a salvo» de ellos. Esos sitios densos permanecen. Todos los días debo medicarme (por ahora, con fármacos compatibles con la lactancia), calculando la dosis para no quedar aturdida en la noche, precisamente cuando ocurren los despertares de la bebé.

En los últimos meses, estos se han acrecentado, al parecer, porque Gabriela está cruzando la etapa que llaman “angustia por separación”, lo que me ha generado un gran cansancio. La bebé se despierta más seguido y, si su padre intenta consolarla, llora más. En la noche solo quiere estar con mamá.

Mi voz, mi cuerpo y su amada teta es lo que la calma. Esta necesidad de sentirse piel con piel rememora las ansias que yo padecía de niña con mi madre. No sé cómo habré sido de bebé, pero me atrevería a decir que era una guagua bastante demandante.

A los 4 años, sentía una necesidad potente de tener a mi madre cerca, como si hubiesen faltado muchas horas con ella. Ante los ojos de la gente, siempre fui esa niña «mamona» en comparación con mis hermanas más independientes. Lloraba con drama cuando mis padres salían, pues necesitaba que mi madre estuviese cerca para sentirme segura. Sabía que no siempre podía tener su calor, pero igual lo reclamaba.

Se me viene el recuerdo de una noche de vacaciones familiares en El Quisco, en la que no dejé dormir a nadie con mi llanto. Tíos, primas y primos reclamaban desde las ocho piezas de la casona de playa:

—¡Ya pues, que deje dormir esa niñita!, ¡Que pare de llorar!

Jajajá. Ahora que lo escribo, me da algo de risa. Pero, en aquel momento, me invadía una gran angustia al no poder dormir con mi mamá. Yo estaba sentada a los pies de su cama, con la garganta seca, suplicando que me aceptara. Ella, sin embargo, estaba ocupada con una hija pequeña que, en ese entonces, tenía entre 1 o 2 años, mientras que yo debía tener unos 6 o 7.

Finalmente, creo que acepté dormir con mi papá. Recuerdos de este tipo de “pataletas nocturnas” me llevan a otro origen, a pensar que mis alteraciones de sueño tienen raíz en una etapa temprana, incluso desde el embarazo de mi madre, como escribí en el Capítulo 11.

Hoy, hago lo posible para que Gabriela se sienta acompañada y logre un buen descanso. Tal como en el embarazo, pienso que el amor y la comunicación con ella ayudarán a forjar un origen nutrido al cual pueda siempre regresar. No quisiera que mi hija viviera las noches en vela que yo he sufrido por el insomnio patológico que sufro desde la infancia.

Igualmente, trato de no obsesionarme con la calidad de su sueño (hay toda una industria de coaches en redes sociales que te hacen dudar de si lo estás haciendo bien o mal). Solo sé que en la vida de una bebé, que recién está conociendo este mundo extraño y externo al útero, las rutinas no son un instructivo al pie de la letra, y cada día pone a prueba su sistema nervioso.

Por supuesto, a la mamá también le pasan cosas con su propio sistema nervioso, y estas se sienten más peliagudas e irritantes cuando hay un trastorno del ánimo gatillando por dentro. Cada vez que mi hija necesita de mí, trato de entregar lo mejor y de estar con la mayor conciencia – presencia. No siempre se logra.

He entendido que en esta entrega que es ser madre se va a colar el cansancio, la memoria dolida, los regaños, la culpa, y las dudas de si lo hago bien o mal. Lo que importa, me digo, es que quiero estar consciente de que soy una madre lo más posible presente y feliz. No perfecta.

Y esto último tengo que repetírmelo muchas veces. Por suerte, después de una década conviviendo con el trastorno bipolar y realizando psicoterapia, creo saber cuáles son mis problemas con el afán perfeccionista; y ya sé qué piedras pueden apretarme el zapato del ánimo.

Sé, también, que no puedo controlar del todo a esta misteriosa condición psíquica… ni lo que vaya a ocurrirme en la vida más adelante.

Sé que los episodios vendrán una y otra vez.

Sé que pueden ser más llevaderos.

Y si no, sé que encontraré el camino por el cual andar para tomar con mi mano segura y guiar, junto a su padre, Luis, a la hermosa Gabriela que ha llegado a vivir en este mundo.

7 respuestas

  1. Mi comentario es muy breve… Eres una seca te admiro !!!!!

    1. Gracias de corazón

  2. gracias Nicole, cuando supe que estabas embarazada recuerdo comentarte mi temor de si algún día podría ser madre por el estigma que existe, leerte y saber tu experiencia sin maquillaje solo lo que realmente es me anima y disipa los temores que por tanto tiempo he tenido, muchas gracias 💕

  3. Gracias , gracias por transmitir en tus vivencias sobre esta enfermedad, me ayuda mucho a comprender lo que está atravesando mi hija en estos momentos con 23 años, coincide mucho con todo lo que tú experimentaste. Un abrazo para toda tu familia y os deseo lo mejor

    1. muchas gracias, los mejores deseos para tu hija y a ti, una madre que acompaña <3

  4. Nicole, gracias por permitirme conocer todo lo que la maternidad te ha traído.

    Leo y encuentro a una mujer tan valiente y que tomó y sigue tomando las mejores decisiones desde mí punto de vista (y lo digo disculpándome a la vez porque no soy madre y porque por decisión propia decidí ligarme las trompas).

    No pude evitar sentir de alguna manera las emociones que describiste, lloré al imaginar la vorágine de tu proceso, agradecí por el círculo de mujeres que te rodeó, bendije el hombre fortalecido y amoroso que es Luis, puse en contexto más que positivo a esa «perra» que te puso de nuevo en sintonía y te recordó lo grandioso que fue todo tu proceso.

    Gracias de verdad por visibilizar desde lo personal, que tanto cuesta socializar.

    Gracias por Gabriela a quien quiero e imagino como a mis sobrinitos cuando los ayudé a criar y que me permitieron de alguna manera maternar.

    Te imaginas qué será de ella cuando lea la historia de ambas? La historia de sus 2 poderosos padres? El origen de su hermosa existencia?

    Un abrazo Nicole, y también gracias por regresar… pensé que al «despedirte» en un momento de instagram no volvería a saber de tí y tu trabajo por visibilizar lo que tanto se estigmatiza

    1. nicolesalvatierraleon

      Gracias por tan hermosi comentario, me llena de amor. Puedo sentir ese amor extensivo hacia mi Gabriela. Gracias por leerme y…aún falta el final (cao 17; spoiler: algo hay por ahí sobre el regreso) Que sigas disfrutando de los sobrinos porque sí, es una forma de maternar, amar la infancia, darse cuenta lo importante que es ser una adulta significativa. Un abrazo.

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