Capítulo 2
Volver atrás significa revivir 2016, año en que recibí el diagnóstico de trastorno bipolar. Claro que los síntomas comenzaron mucho antes. Mis alteraciones anímicas, que incluyeron desconexión con la realidad, aunque fuese imperceptible por los otros, fue un proceso paulatino que se inició en 2014.
Dicen que este cuadro clínico hereditario, que se divide en varios tipos (ya explicaré el mío), se desencadena casi siempre por un hito que irrumpe en la vida de quien porta el trastorno bipolar.
En 2014, viví una separación tras una relación amorosa que mantuve por tres años con un compañero del diario en el que trabajé tras titularme como periodista. No era un vínculo luminoso.
Creo que el universo puso las cosas en su lugar, o simplemente un día el hartazgo se hizo insoportable, y algo ocurrió que me hizo decir “basta”. Una noche, después de una pelea, dejé el absurdo anillo de compromiso en su velador para no volver nunca más a la casa que compartíamos.
Pero tal como ilustra la carta XVI del Tarot de Marsella, La Torre, la estructura se derrumbó, arranqué por la ventana y quedé en un terreno oscuro plagado de escombros. Fue una liberación que provocó un sentimiento disonante: que estaba triste, sin embargo, al mismo tiempo experimentaba una energía vibrante.
Por primera vez, decidí pedir hora con una psicóloga recomendada por una tía. Sofía —la llamaré así en este libro— era una mujer cercana a los 60 que siempre lucía saludable y risueña. Se definía como una hipnoterapeuta ericksoniana que despreciaba la “psicología parlante, donde te sientas horas y horas a hablar de un problema sin encontrar soluciones”.
Para ella, todo malestar se podía resolver a través de la conexión con el inconsciente. Esa promesa me cautivó apenas entré a su casa. Además de atender, Sofía impartía cursos de autohipnosis en su departamento en Las Condes. En el primer trance, quedé sorprendida al experimentar cómo la mente inconsciente podía expresarse a través del lenguaje corporal, inclusive con gracia e inocencia. Sentí que era un pájaro nuevo que sale del nido ansiando volar.
De forma involuntaria, mis brazos revoloteaban. Solo me faltó trinar. Esta nueva capacidad de comunicarse con el interior me enamoró. Ese mismo, día decidí inscribirme en el taller de autohopnosis que Sofía impartía.
Así, en un fin de semana intensivo con la cautivadora psicóloga aprendí a inducir mis propios trances. En prácticas solitarias —que realizaba casi a diario— encontré respuestas sobre mi historia personal. Algunas fueron útiles para sanar dolores, otras solo potenciaron la idea de ser una elegida para alcanzar un nivel de sabiduría superior al resto de la humanidad.
Esa certidumbre de que podía resolver los problemas a través de la comunicación con el inconsciente, se esfumó a mediados de 2015 cuando el péndulo de los vaivenes anímicos decidió quedarse en bajones con fuertes ideas de muerte. Padecía de un insomnio agitado con pensamientos frenéticos que mezclaban lo que había hecho durante el día con otras ideas.
Los pocos ratos que dormía, tenía pesadillas que dejaban un sentimiento devastador durante el día, similar al de haber sufrido una gran pérdida, como si alguien amado se hubiese muerto trágicamente.
Nadie sabía sobre las noches abrumadoras que pasaba pensando de forma involuntaria en la muerte. Ni siquiera yo estaba consciente del cansancio y la extrañeza emocional que golpeaban al ánimo. Simple, o difícilmente, seguía adelante en piloto automático. No concebía la idea de estar padeciendo un trastorno anímico.
Regresé a la consulta de Sofía para indagar por qué mis días se alternaban, de forma brusca, entre un optimismo desbordante y un pesimismo demoledor. Acomodada otra vez en la silla hipnótica, me dispuse a la magia de la psicóloga que inició el trance contando una historia sobre cómo las células contentas eran capaces de “contagiar” de alegría a las células tristes en un ser humano. De inmediato, caí en las redes de su voz melodiosa y calma.
En medio del trance, ese tío aparecía como una voz en mi cabeza que hablaba desde ese pozo hondo y oscuro. Con un tono melancólico y enrabiado, decía que algunas personas estábamos destinadas a ser infelices y que, por eso, vivir era una farsa. Cualquier momento de felicidad o vínculo, como la relación amorosa que yo vivía con Luis, era un parche para tapar una herida que venía desde el nacimiento. Un dolor que los otros “tontos” no comprendían, decía la voz, o preferían eludir. En cambio, en la muerte estaba permitido sentir aquella verdad de forma auténtica.
—¿Quién te habla?— preguntó la hipnoterapeuta al ver que yo movía los labios como un ventrílocuo que interpreta un personaje.
—Es el hermano mayor de mi madre— contesté sin meditar la respuesta, aunque consciente de que la escena parecía absurda.
—Vuelve conmigo— replicó Sofía.
El problema era que la mente inconsciente no quería regresar de ese escenario intangible. Un amor genuino en el interior se empeñaba en que yo acompañara a esa voz en su tristeza. Me negaba con la cabeza a salir del trance.
Entre medio de ese sentir, recordé esa mañana fatal en que sonó el teléfono. Luego, el grito de mi madre tras saber que su hermano se había suicidado. Yo tenía 5 años y quedé impactada al ver el cuerpo de mi madre detenido y triste, aún en pijama, apoyado sobre el respaldo de la cama. Me paré en el umbral de la habitación, pero mi padre cerró la puerta para sacarme de la escena. Aunque nadie me explicó lo que pasaba, de algún modo entendí que había ocurrido una desgracia que no tenía vuelta atrás.
Sofía cambió su voz melodiosa y con tono grave insistió en que la hipnosis debía acabar y, para ello, ordenó que contáramos de forma regresiva hasta el número veinte. Cuando abrí los ojos, la vi persignándose.
Yo me fui aún más pesimista de lo que llegué a su consulta y nunca más quise volver a verla.
