Capítulo 5

Tras mi primera consulta psiquiátrica, en octubre de 2016, estuve con licencia médica durante una quincena, cuyos primeros días pasé en casa de mi madre hasta poder ir a la mía con Luis.

Si bien no me sentía preparada para retomar la vida, la psiquiatra antroposófica consideró que era mejor mantenerse activa. Apostó por no extender el reposo, por lo tanto retomar la bicicleta para ir al trabajo fue un desafío en el que de a poco fui avanzando. También pedaleé para asistir cada mes a los controles con la doctora.

Pese a que retorné a las labores cotidianas con una mejor socialización en el trabajo, la angustia reaparecía fomentando los estados de abstracción. Sobre todo, cuando llegaba el otoño y la primavera. En esos meses, entre abril y septiembre, la depresión siempre era antecedida por un ánimo inusualmente alegre y enérgico que pasaba inadvertido en mi círculo cercano, ya que no cambiaba drásticamente el comportamiento. 

Para ese entonces, la psiquiatra había probado con antidepresivos y benzodiacepinas —más conocidos como ansiolíticos— para que pudiera continuar un ritmo normal de vida. Pero no podía encontrar el centro. La brújula del ánimo seguía extraviada.

Aunque ya no tenía esa voz tortuosa dentro de la cabeza alentándome a vivir extasiada o morir trágicamente, las ideas suicidas persistían. Y seguía creyendo que las palomas que revoloteaban cerca de mi cuerpo eran el anuncio de una desgracia. Al menos, la señal de que la depresión volvería con su manto negro.

El insomnio presentaba una marcada característica: la taquipsiquia, es decir el pensamiento acelerado, mezclada con un terror nocturno que me sumía en vívidas pesadillas. Veía a mujeres judías rodeando mi cama, pidiendo desesperadas que las escondiera antes de que un tren las llevara a los campos de concentración creados por los nazis. Ese miedo terrible a ser despojadas de su existencia se hacía patente en mí. No solo era espectadora del mal. Se sentía como si yo misma padeciese tales desgracias.

—¡Qué puedo hacer yo!— les gritaba en la mente a esas mujeres, incluso ya despierta tapándome la cabeza con las sábanas ¡Déjenme tranquila!, repetía con el corazón apretado e impotente ante el destino que habían elegido para ellas ¿Por qué tenía que soñar con situaciones tortuosas que me dejaban todo el día con la sensación horrorosa de estar en un riesgo mortal y oscuro?

Además de estas pesadillas, tenía la extraña ilusión de que una pistola apuntaba mi sien por el lado derecho, invitándome a apretar el gatillo para acabar conmigo. Aunque sabía que todo era irreal, vivir así, y tener que disimularlo, era desgastante. Sabía que volvería a estallar.

—Quiero saber qué es lo que tengo— le dije a la psiquiatra, casi un año después de haber debutado en su consulta—. No entiendo por qué vuelven estas sensaciones tan espantosas que me generan una tristeza inexplicable. Estoy bien durante un tiempo y de pronto ¡paf!, todo vuelve a ser absurdo, cansador y angustiante ¿Hasta cuándo voy a vivir así?

Entonces, llegó el nombre de la nueva realidad que debía enfrentar. Un cuadro médico que solo había escuchado a lo lejos: el trastorno bipolar. Para explicarme de qué se trataba esta condición, la psiquiatra sacó una hoja de su recetario y trazó una línea con su lápiz. En un extremo escribió “manía” y en el otro “depresión”. Más cerca de este último lado, cruzó una rayita:

—Este es el “espectro bipolar”, oficialmente llamado trastorno bipolar. Tú estás en este punto de la línea, más hacia el lado de la depresión— dijo la doctora repasando la marca que representaba mi posición en la recta.

¿Siempre estaría en riesgo de volver a ese punto deprimido de la línea bipolar? La doctora advirtió que ella no tenía una explicación exacta de por qué algunas personas padecemos este cuadro clínico.

En nuestro siglo, el origen de la bipolaridad aún es un misterio para la ciencia. Se sabe que es una condición hereditaria, dada la repetición de casos que se observan en algunas familias.

Por lo tanto, hay personas con ciertos genes —que podrían ser múltiples y aún no se identifican del todo— que están más propensas a presentar esta enfermedad. El riesgo para parientes de primer grado es de 5 a 10 veces más a desarrollar esta condición. Que yo sepa, oficialmente, no tengo familiares anteriores con este diagnóstico.

Por ahora, lo más claro con respecto al trastorno bipolar es su definición. La Organización Mundial de la Salud, OMS, lo define como “una afección de salud mental que afecta al estado de ánimo, la energía, la actividad y la ideación de la persona y que se caracteriza por la aparición de episodios maníacos (o hipomaníacos) y depresivos”.

Estos cambios interrumpen significativamente la vida de quien los sufre, impactando en los ámbitos sociales, familiares, laborales y académicos. El trastorno bipolar no tiene cura, sin embargo —y por suerte para quienes vivimos en este péndulo— existen tratamientos efectivos para la mayoría de los casos.

Pese a la causa genética, algunos estudios han revelado que es posible que en gemelos idénticos solo uno de ellos presente bipolaridad. Además, existen factores ambientales que pueden —o no— actuar como desencadenantes de esta patología en quienes somos vulnerables a ella biológicamente.

El estrés y otros acontecimientos relevantes en la historia de vida de la persona, como una separación o la muerte de un cercano, también podrían gatillar un episodio depresivo o maníaco. Otras causantes se asocian al consumo de alcohol y drogas, así como también a algunos fármacos.

Por ejemplo, los corticoides.Las descompensaciones del ánimo que caracterizan al trastorno bipolar se producen en el sistema límbico, grupo de estructuras del cerebro encargado de regular las emociones y el comportamiento.

Neurotransmisores como la dopamina —conocida como la “molécula de la felicidad”—, la serotonina —involucrada en la regulación del reloj biológico y el ciclo sueño-vigilia— y la acetilcolina —asociada a procesos de memoria y atención— estarían implicados en las fases de desestabilización. 

Saber que mi tránsito entre el optimismo y los sentires horrorosos que aparecían en la noche y se quedaban conmigo en el día, tenían un nombre, representó un alivio. Lo que yo tenía era un tormento que había estado presente en la humanidad. Al menos, la ciencia intentaba entender este descontrol del ánimo (pero ¿y el común de las personas?).

Bipolaridad antes y después de Cristo

 Los registros muestran que estas alteraciones anímicas se estudian desde la antigüedad. Con Hipócrates, en el siglo V antes de Cristo, se dejaron por primera vez atrás las explicaciones sobrenaturales de las afecciones mentales para conceptualizarlas científicamente en estados extremos del ánimo.

En el Corpus Hippocraticum, tratados fechados entre 450 y 350 antes de Cristo, la tristeza o depresión, entonces llamada melancolía, fue descrita como un estado de rechazo al alimento, abatimiento, insomnio, irritabilidad e inquietud. En tanto, la manía se caracterizó como un estado de elevación eufórica y de energía donde la persona está fuera de su mente.

Según la medicina griega, la manía se originaba por un exceso de humedad en el cerebro. Se creía que el organismo humano estaba compuesto por cuatro fluidos o humores que regulaban el comportamiento: flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra. Los dos últimos humores se relacionaban con el desequilibrio anímico y la locura.

Por un lado, el exceso de bilis negra y oscura—melas, kholé en griego— provocaba la melancolía o depresión. Mientras que el exceso de bilis amarilla era el causante de la manía.Hipócrates consignó en sus escritos que la primavera y el otoño eran las estaciones del año donde más se presentaba la locura, la melancolía y la epilepsia. Para abordar estos males, el tratamiento buscaba restablecer la integridad funcional de la physis (alma) mediante la dieta y el relajamiento. A la persona se le abstenía de la ingesta abundante de carne y la práctica de ejercicios bruscos.

En cambio, se indicaban los clásicos baños de ducha tibia, caminatas por las mañanas, y una alimentación en base a pan de cebada y verduras cocidas.El nombre de trastorno bipolar, tal como lo conocemos hoy, fue evolucionando durante la historia.

Más tarde, en el siglo I después de Cristo, el médico griego de la época imperial romana, Areteo de Capadocia, fue el primero en considerar a la melancolía y la manía como dos estados de una misma enfermedad, siendo la energía eufórica una variación del sentir abatido.

Durante la Edad Media, con el oscurantismo del conocimiento científico, hubo un retorno a las ideas sobrenaturales y demoníacas para explicar las alteraciones de la mente.Luego, en la época moderna, en el siglo XIII, destacó el caso de Fernando VI. Según los síntomas descritos por su médico Andrés Piquer en Discurso sobre la Enfermedad del Rey Nuestro Señor Don Fernando Sexto (que Dios guarde) habría padecido fases extremas de ánimo con períodos de energía exacerbada que lo mantenían despierto toda la noche. La vida del borbón se deterioró hasta morir.

A mitad del siglo XIX, en 1851, surgieron los primeros cambios nominales para referirse a mi diagnóstico. El psiquiatra Jean-Pierre Falret habló de folie circulaire: locura circular, aludiendo a esta condición psíquica como una sucesión de estados maníacos y melancólicos con intervalos de lucidez. Tres años más tarde, su colega Jules Baillarger hizo referencia a la folie à double forme: un trastorno de doble forma marcado por la sucesión de dos fases, una de excitación y otra de depresión. 

A la entrada del siglo XX, Emil Kraepelin, padre de la psiquiatría moderna, estableció que los trastornos mentales tienen causas biológicas y genéticas. El influyente psiquiatra alemán hizo una clasificación para ordenar las alteraciones del ánimo y la mente. En 1899 postuló el concepto de “psicosis maníaco-depresiva” para referirse a la bipolaridad. Así, distinguió a este cuadro de la esquizofrenia, a la cual llamó “demencia precoz”.

Kraepelin también planteó diversas formas de la enfermedad maníaco-depresiva, tales como los estados mixtos, (los cuales hasta hoy causan confusión a la hora de diagnosticar).La nosología planteada por el alemán fue reemplazada en 1980 por la acepción de “trastorno bipolar” en la tercera versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM), editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (American Psychiatric Association, APA).Esta nueva denominación fue impulsada por el psiquiatra alemán Karl Leonhard para diferenciar los trastornos del ánimo y evitar confundir las depresiones unipolares (“vulgares”) con las bipolares. 

Actualmente, la quinta edición de este manual clínico, DSM-5, categoriza a esta patología en cuatro tipos: el trastorno bipolar tipo I con preponderancia de episodios maníacos, aunque igualmente se cursan estados deprimidos; el trastorno bipolar tipo II con fases marcadas por la depresión y al menos la ocurrencia de una hipomanía —versión leve de manía— a lo largo de la vida del paciente; en tercer lugar, la ciclotimia que combina de forma persistente ambos polos anímicos en una intensidad leve, pero suficiente para deteriorar la cotidianidad del paciente; por último, en cuarto lugar figura el trastorno bipolar no especificado.

Sin embargo, el investigador contemporáneo y psiquiatra estadounidense de origen armenio, seguidor de Kraepelin, Hagop Akiskal propuso en 1983 ampliar las fronteras conceptuales y usar el término “espectro bipolar” para incluir a personas que no presentan toda la sintomatología señalada en la actual clasificación. En 2003, Akiskal planteó también la denominación del fenotipo “duro”, representado por los bipolares tipo I (psicóticos o no psicóticos), y los llamados “soft”, bipolares II y más allá dentro del espectro bipolar.

Fuera cual fuera el nombre o mi lugar en el espectro bipolar, aquello que la doctora me explicaba en 2017 mediante una línea dibujada con un punto que podía moverse descontroladamente, se asemejaba a todas las descripciones que se han dado durante estos siglos para definir una afección misteriosa del ánimo que oscila, sin razones aparentes, entre dos polos opuestos.

En mi caso, el trastorno bipolar se inclina mayormente a lo que en jerga cotidiana las personas con bipolaridad llamamos “bajón”. Por ello, para efectos oficiales, pertenezco a la clasificación del tipo II.

—Lo tuyo está más marcado hacia la depresión. Pero, si no te tratas, estos episodios se van a profundizar cada vez más. O también, puedes pasar al otro polo: el de la euforia— puntualizó la psiquiatra en ese entonces.

Pese al alivio que sentí al recibir el diagnóstico, aquella vez en la consulta amplia y luminosa de esta psiquiatra en Providencia, tuve la impresión de estar siendo notificada con una condena.

La doctora aconsejó que mejor mantuviera en secreto este cuadro de salud mental que afecta entre un 2% a 3% de la población mundial. Aunque, si se considerara la dimensión que propone el espectro bipolar, la cifra podría aumentar entre un 4% a 5%.

—La gente no lo entiende— dijo la psiquiatra con una mirada que invitaba a resignarme.

Pero no pude hacerle caso a esa sugerencia. El tratamiento que seguiría en adelante —además de estabilizadores del ánimo, ansiolíticos, antipsicóticos y terapia psicológica— incluiría la necesidad personal de investigar sobre el trastorno bipolar y escribir mi propia historia con él, tal vez como un modo de entender, lejos de las etiquetas psiquiátricas, en qué lugar yo misma me veo como persona con bipolaridad. 

Sobre todo hoy, que soy una madre primeriza en postparto. Por ahora, sé que hay un antes y un después de Gabriela. Sin embargo, desconozco cuánto durará la tregua con el trastorno bipolar, dado que he dejado el medicamento que por años me mantuvo a flote: el litio.

Bibliografía utilizada en este capítulo

Carrère, E. (2020). Yoga. Editorial Anagrama.

Consideraciones clínicas sobre los trastornos bipolares especialmente los llamados espectro bipolar “soft”. (2005). Rev. Med. Clin. Condes, 16(4), 194–208. https://www.clinicalascondes.cl/Dev_CLC/media/Imagenes/PDF%20revista%20m%C3%A9dica/2005/4%20oct/ConsideracionesTrastornosBipolaresEspecialmente–2.pdf

El Corpus Hippocraticum, tratados fechados. (s.f.). https://www.imbiomed.com.mx/articulo.php?id=2910Piquer, A. (s.f.).

Discurso sobre la enfermedad del rey nuestro señor don Fernando Sexto (Manuscrito). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. https://www.cervantesvirtual.com/obra/discurso-sobre-la-enfermedad-del-rey-nuestro-senor-don-fernando-sexto-manuscrito

Renard, G., Cornejo, F., & Gysling, K. (2022). Crónicas de la mente. Editorial USACH.

siguiente capítulo 6

Descubre más desde Madre, Periodista, Comunicadora y Experta por Experiencia en Salud Mental

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo