Capítulo 13

No. Mi mente y mi cuerpo todavía no estaban de acuerdo para dar leche. Me seguía pareciendo extraño el acto de amamantar. Todavía me causaba irritabilidad expeler por la piel un olor tan fuerte a través de las axilas, los senos y la vagina. Un olor que, según la ciencia, es justamente para  que el bebé humano —esa cría cien por ciento dependiente— pueda reconocer fácilmente a la madre que refugia y alimenta.

«Dar la teta» a mi cría, alimentarla desde el propio pezón y encontrar una posición en la que ambas pudiéramos estar cómodas durante la toma —fuera acostada en la cama o sentada en una silla— era para mí una figura casi imposible de lograr. 

Esa incomodidad física y psicológica se contradecía con el amor que sentía. Y también con el deseo de que mi hija fuera alimentada por la leche que el cuerpo diseñaba exclusivamente para ella.

Pero ya no sabía si acaso era una intención propia, o si estaba influenciada por el discurso sobre la importancia de la lactancia materna que siempre había oído por parte de mi madre. O bien, las decenas de textos leídos sobre este tema durante el embarazo. Lo único que tenía claro es que me sentía incapaz de racionalizar la ambivalencia.

Intentaba aclarar la cabeza, decidir si continuar o no dando la teta. Tal vez, volver a intentar una lactancia diferida, donde solo se extrae con una máquina. Pero, el tiempo no alcanzaba para eso.

Además, había que extraerse leche al menos dos veces en la madrugada, lo cual era difícil para la higiene del sueño que, ahora con la crianza, intentaba resguardar.

Me preguntaba si acaso estaba presionándome en todo este asunto de la lactancia materna. No quería sentir culpa ni menos estar con pensamientos rumiantes circulando por la cabeza.

Por un lado, pensaba en la promesa  que había hecho de seguir adelante con dar pecho, luego de que la especialista en mamas descartara que el bulto en mi seno derecho fuera algo maligno.

Por otro lado, recordaba la «noche mágica» cuando —con la ayuda de mi hermana mayor— Gabriela al fin había acoplado con mi pezón para beber la leche. 

Con ese hito, nuestra lactancia demostró que no todo estaba perdido: mi bebé sí quería succionar desde la teta, tanto para alimentarse como para encontrar calma. Pero, sentía que dar leche con un ánimo confuso, donde la rareza se apoderaba de mis emociones, podía ser perjudicial para mí y Gabriela.

Entre medio de toda esta mezcolanza y marea, había algo no racional, una pulsión oculta y muy interna, que empujaba a mi cuerpo a seguir intentándolo, a confiar en que hallaría el modo de fluir con la alimentación materna.

Sin embargo, ese instinto, o sensación innata, chocaba con la resistencia al cambio. Una transformación interna y externa, física y emocional, que transcurría de forma simultánea a los cuidados que exigía la crianza.

El postparto, vertiginoso y contradictorio, era una materia que yo —tan matea durante el embarazo— había olvidado estudiar. Y  aunque así hubiera sido, creo que ningún concepto ni asesoría me hubiera preparado para vivir algo tan nuevo, intenso y avasallador. 

La dificultad extra del puerperio estaba en caminar sobre las cuerdas inestables del trastorno bipolar. Sentía que en cualquier momento  recaería en un episodio depresivo.

Tenía miedo de que el sueño de ser madre —algo que habia preparado con tanto amor y dedicación, y que ahora era real — estuviese convirtiéndose en un factor externo de desestabilización psíquica.

Sí. Habían señales de que las fluctuaciones anímicas de la enfermedad se estaban infiltrando en el postparto. Un ejemplo concreto estaba en el regreso de las pesadillas. La primera que tuve ocurrió una noche en que soñé que debía cruzar con la bebé en brazos por un callejón semioscuro. 

En las veredas, había hombres dementes de diferentes edades y aspectos que buscaban acercar su rostro al mío para amedrentarme. Algunos hacían el amague de tocar a la niña. Yo les gritaba furiosa, les decía que no se les ocurriera siquiera tocar un pelo de mi hija, que se fueran y me dejaran en paz. Ahí, los locos dejaban de molestar y se alejaban como niños temerosos tras el reto de una adulta con autoridad. 

Cada noche volvía a tener este tipo de sueños acongojados, varios de ellos relacionados a animales salvajes que andaban en mi búsqueda. Yo creía que se querían comer a mi hija. Pero estaban tranquilos. No eran amenazantes.

Por ejemplo, una noche soñé que estábamos en un zoológico y, de repente, veía a la gente correr, porque un león se había arrancado de la jaula. En el sueño, tenía la edad actual y estaba con mi hija en brazos, además de mis dos hermanas menores que aparecían en sus edades de niñas. Es decir, cuando yo era una adolescente y debía cuidarlas.

Les decía a mis hermanas que corrieran hacia la salida, pero el parque se volvía un campo abierto y no había dónde resguardarse del león que, entre toda esa gente, caminaba hacia mí sin ser amenazante. Me desperté cuando el animal estaba a unos diez metros. 

Esa mañana, acongojada por los terrores nocturnos, decidí retomar el contacto con Mauricio, mi psicólogo de hace ocho años. Aunque, me asaltaba una duda:

¿Podría él, un hombre y un terapeuta sin formación en psicología perinatal, ayudarme con el postparto?

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